La energía que encierra la electricidad procede de los objetos más pequeños conocidos por la ciencia: los electrones, partículas pequeñisimas existentes en el interior de los átomos, cada uno de los cuales es portador de una diminuta carga eléctrica. Si se reuniese un millón de millones de ellos, apenas ocuparían el espacio de una cabeza de alfiler. Cuando una corriente eléctrica fluye por un cable, estas partículas se agitan en el metal en cantidades inimaginables. En una corriente de un amperio, suficiente para alimentar la ampolleta de una linterna, por ejemplo, seis millones de millones pasan por cualquier punto en un segundo. Cada electrón se mueve con relativa lentitud, pero la carga eléctrica pasa a través del cable, de electrón a electrón, a la velocidad de la luz. A diferencia de la electricidad estática, la corriente sólo puede existir en un conductor, es decir, en un material como el metal que permite el flujo de electrones a través de el. Para poner a los electrones en movimiento es necesaria una fuente de energía. Esta energía puede ser en forma de luz, de calor, o de presión, y también puede ser energía producida por una reacción química. En un circuito alimentado por una batería, la energía química es la fuente de fuerza.
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